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300 músicos preparan denuncia contra falsos autores

300 músicos preparan una denuncia contra falsos autores que cobran por obras de Mozart y Vivaldi

Los programas nocturnos de música se han convertido en un gran negocio que mueve alrededor de 50 millones de euros anuales, una quinta parte de toda la facturación nacional de la SGAE.
Algunos de los autores y productores de estos programas están cobrando de la SGAE por obras clásicas de Vivaldi, Beethoven o Mozart que ya están en el dominio público y que, según los denunciantes, han registrado de forma fraudulenta.
El exministro José María Michavila, representante legal de autores muy conocidos, redacta la denuncia, que presentará Coalición Autoral, una recién creada asociación que agrupa a más de 300 músicos
Las televisiones utilizan estos programas para recuperar el 30% de lo que pagan a la SGAE. Cobran así unos 30 millones de euros anuales, que rebajan de los cien millones que pagan por derechos de autor

Ignacio Escolar

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Palacio de Longoria, la sede de la SGAE en Madrid.

En la lista de los músicos que más dinero han cobrado el año pasado de la Sociedad General de Autores y Editores (SGAE) no aparece un solo nombre que un melómano sea capaz de identificar. Hay que llegar al puesto veintitantos para encontrar a un artista conocido: Pablo Alborán. Todos los que están por encima de él pueden pasear con tranquilidad por la Gran Vía de Madrid sin que nadie les pida un solo autógrafo. Son los músicos que trabajan con la llamada “rueda de las televisiones”, un negocio que factura millones de euros en derechos de autor en programas de televisión que casi nadie ve.

Con el negocio discográfico en mínimos históricos y el canon casi desaparecido por orden judicial, las teles se han convertido en la mayor fuente de ingresos de la SGAE: 103 millones, según los datos de su memoria anual de 2012; es casi la mitad de su facturación total en España (234 millones). Por comparar, los derechos de autor por venta de discos de todo el año fueron solo 10 millones.

Coalición Autoral, una asociación de autores recién creada que agrupa a más de 300 socios de la SGAE que quieren combatir esta situación, prepara una denuncia que está redactando el exministro de Justicia José María Michavila. Los denunciantes dicen ser víctimas de una estafa millonaria que beneficia a las televisiones y a varios productores a costa de los verdaderos compositores.

Música desconocida pero muy rentable

La mayor parte del dinero que pagan las televisiones por los derechos de autor no acaba en manos de los compositores más populares, los autores de las canciones que aparecen en los horarios de máxima audiencia o en programas como La Voz o Mira quién baila. Casi la mitad de esos 103 millones se lo llevan programas musicales que se emiten a altas horas de la madrugada. Según datos internos de la SGAE, esos programas solo suman el 0,5% de la audiencia de televisión, pero se llevan el 47,41% del pastel: unos 50 millones de euros anuales. Son espacios como TVE es música (que se emite en La 1 y en La 2), Únicos (Antena 3), Fusión Sonora (Telecinco) o Minutos musicales (La Sexta). Estos programas duran varias horas y se pueden ver todas las noches, entre las 2 de la madrugada y las 7 de la mañana. Es la franja con menos audiencia del día, ese horario en el que antes había concursos con líneas 906 o programas de tarot.

¿Qué música sale en estos programas para noctámbulos? Desde luego, no tiene mucho que ver con lo que triunfa en las listas de ventas, o con el tipo de canciones que programaría una cadena de televisión en un horario donde aspirase a conseguir algún espectador. Se trata de música clásica, normalmente interpretada por jóvenes estudiantes de conservatorio, o de composiciones inéditas de pop o flamenco de artistas desconocidos que solo se pueden ver en la extraña programación de la madrugada.

“¿Cómo se puede entender que, mientras las emisiones diurnas han desterrado los programas musicales, las madrugadas televisivas estén repletas de música inédita y que no podemos detectar en otros medios de difusión?”, se preguntaba el expresidente de la SGAE  Antón Reixa en una famosa carta enviada a los autores hace un año. “Es una música que nace muerta y acaba normalmente en esa casi clandestina explotación”, decía Reixa en esa misma carta, donde también detallaba algunas cifras que conducían a una evidente conclusión. La tan abundante como minoritaria programación musical de la madrugada solo se explica porque es un gran negocio: para los desconocidos compositores y sus editores, pero también para los canales de televisión.

Más rentables que los programas del tarot

A pesar de que durante la madrugada no hay apenas espectadores, cada minuto de estos programas musicales para noctámbulos genera en derechos unos 200 euros, que paga la SGAE al autor y al editor de la obra. ¿El truco? Que las televisiones también reciben parte de ese dinero. Son ellas las que deciden qué música se emite, y eligen a productoras con las que se reparten los derechos, firmando contratos de edición. Por eso es tan raro ver a un artista conocido a esas horas, porque no suele ser habitual que los compositores más famosos cedan parte de sus derechos a las cadenas de televisión.

Los minutos musicales para insomnes sirven así para que las teles rebajen la factura que pagan por la música que emiten. Todas las emisoras, las públicas y las privadas, tienen contratos con la SGAE, normalmente a modo de tarifa plana. Da igual cuánta música emitan, la factura anual está cerrada por contrato y suele estar ligada a la facturación de publicidad. Pero gracias a la música nocturna, las teles consiguen recuperar parte de esa factura. Las televisiones en conjunto pagaron 103 millones a la SGAE en 2012, pero según cálculos internos de la entidad, recuperan el 30% del total, unos 30 millones que rebajan la factura por derechos de autor que la Ley de la Propiedad Intelectual les obliga a pagar.

Estos baratísimos programas se convierten así en un negocio muy lucrativo. Los costes de producción son mínimos. Normalmente los asumen las propias productoras a cambio de un trozo del pastel de los derechos. Y las televisiones rellenan un horario sin apenas rentabilidad comercial y a cambio generan unos ingresos millonarios en derechos de autor.

En el colmo del negocio, gran parte del repertorio musical que se lleva estos millonarios beneficios ni siquiera es original. Las productoras se aprovechan de un resquicio de la Ley de la Propiedad Intelectual y del reglamento de la SGAE. En teoría, a los 70 años de la muerte del autor, una obra queda libre de derechos y es propiedad de toda la humanidad. Eso no significa que no pueda volver a generar derechos de autor, pero no es igual en todos los países. En Alemania, por ejemplo, cuando un autor versiona una obra clásica recibe un pequeño porcentaje de los derechos después de pasar por la evaluación de un perito independiente. El reglamento de la SGAE es muchísimo más laxo y permite cobrar derechos por composiciones que están en el dominio público sin pasar por filtro alguno y llevándose el 100% de los derechos de autor. La ley en España permite registrar versiones nuevas por las que sí se puede volver a cobrar derechos durante 25 años más.

Como la ley no explica cómo de diferente tiene que ser esa nueva versión y la SGAE no evalúa la novedad de cada arreglo, basta con cambiar una sola nota para volver a cobrar por la música de Vivaldi, Chopin, Beethoven, Mozart o Tchaikovsky. Y en la práctica, según investiga internamente la propia SGAE tras la publicación de  este detallado artículo en Vertele.com, gran parte de esas versiones clásicas que se emiten en la noche son exactamente iguales al original, por lo que se han registrado de forma fraudulenta. Cobran como “autoras” la hermana o la esposa del productor del programa, aunque la sonata sea de Beethoven o de Chopin.

Michavila prepara la denuncia

Todos ganan con el negocio de la música de madrugada… Salvo los verdaderos autores, que ven así cómo compositores sin público se llevan la mayor parte de los ingresos que recauda la SGAE.

El despacho del exministro José María Michavila, el bufete MA Abogados, está preparando una denuncia judicial por estafa contra los protagonistas de este supuesto fraude: las televisiones, los productores de estos programas y los falsos autores.

eldiario.es ha tenido acceso al informe jurídico previo a la denuncia, que ha elaborado el despacho de Michavila. Según ese informe, además de estafa, se trata de un presunto delito de falsedad documental porque parte de estas versiones que se registran como novedosas para poder cobrar por ellas son exactamente iguales a las originales: sin una sola modificación. Según el informe, se trataría de un delito castigado con entre seis meses y dos años de cárcel.

La denuncia de los autores –ante el juzgado o la Fiscalía Anticorrupción– llegará en cuestión de días, según ha podido confirmar eldiario.es. Según los cálculos de los denunciantes, el negocio de la televisión nocturna es tan rentable que de los 200 autores que más han recaudado de la SGAE en el último año, 140 están allí gracias a él. En total, entre las televisiones, las productoras y los compositores, están facturando alrededor de 50 millones anuales con este método.

Esta enorme recaudación no solo ha hecho millonarios a autores de ignoto talento, sino que les ha dado un enorme poder. En la SGAE, el derecho a voto depende de la recaudación. Hay socios –la mayoría– que no votan porque no llegan al mínimo, y otros –los que más recaudan– que pueden acumular hasta un máximo de 31 votos.

De ese modo, los autores y editores que viven de este negocio han logrado un enorme poder dentro de la SGAE: como son los que más recaudan, son también los que más votos han conseguido sumar en estos últimos años. Su mano está detrás de la salida de Antón Reixa, el anterior presidente de la entidad, que cayó en desgracia cuando intentó enfrentarse a ellos para cambiar esta situación y amenazó con expedientar a los autores fraudulentos que estaban cobrando derechos en nombre de compositores clásicos ya fallecidos. Pocos meses después de su carta contra la rueda de las televisiones, Reixa fue forzado a dimitir.

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